sábado, 21 de septiembre de 2019

sábado, 18 de mayo de 2019

El crepúsculo del insólito antihéroe

El ocaso de Timothy Perhaps, el hombre más poderoso del mundo, comenzó el día más inesperado. Considerado el ejemplar masculino más bello del planeta, oficioso galardón obtenido en los recientes cinco años de manera consecutiva, también amasaba una fortuna inigualable gracias a su enorme inteligencia, su destreza en los negocios y a una diosa fortuna que siempre le acompañaba. Su perfección llegaba a tal extremo que la posible envidia que pudiera causar su privilegiada situación había sido sustituida por un respeto sincero y una admiración infinita. Rico, inteligente, guapo, famoso. No tenía ningún defecto. Aparentemente.

Había nacido y vivido los 30 años que constituían su edad en California, siempre en San Francisco. Sin apenas conocerla, no le gustaba la ciudad de Los Ángeles. Es más, era incapaz de visitarla; cada vez que se acercaba, o leía un letrero con su nombre, se ponía enfermo. Era como una especie de alergia. En cambio, en otras ciudades relativamente cercanas que frecuentaba, como Las Vegas o Sacramento, gozaba de una salud de hierro.

Se consideraba tan invulnerable que nunca había acudido a un especialista en medicina. Como mucho se había dejado examinar por algún terapeuta para que le recomendara trucos para el mantenimiento impoluto de su cutis digno de Adonis o ejercicios para que sus abdominales parecieran diseñadas por el más prolijo de los delineantes. A pesar de todo, si existía algo que le inquietara en su vida colmada de perfecciones era aquella extraña alergia a una ciudad.

Así que, cuando más por tedio que por preocupación decidió ir al médico, sus dolencias se reactivaron. Y cuando el doctor se atrevió a confesar su incapacidad de ofrecer un diagnóstico, las tripas de Timothy Perhaps dieron un vuelco absoluto. Se sentía como aquella vez en que quiso comprarse una cámara fotográfica. O cuando veía fotos del Discóbolo de Mirón o la Pirámide de Keops.

Le había atendido el que probablemente era el profesional de la medicina más prestigioso de los Estados Unidos; sin embargo su pronóstico había sido nefasto para el bello Timothy. Se sentía peor que antes, peor que nunca. Ya no se trataba de la fobia a una ciudad; los síntomas de aquella inexplicable enfermedad le atormentaban. No podía caminar rápido, pero sí deprisa. En pleno verano dormía con mantas porque las sábanas le producían urticaria. Los gorriones, los jilgueros, incluso las urracas le gustaban; hasta podía tolerar a los terribles periquitos, pero los pájaros, en general, le provocaban náuseas. En semejante espiral de destrucción, sus propias náuseas le provocaban náuseas.

Comenzó a recordar leves alteraciones en su vida perfecta que resultaban coherentes con lo que le estaba sucediendo. Como aquella vez que en un restaurante se atrevió a pedir steak tartar en castellano. O cuando se encontró con un intrépido sátiro en el ático de la Perhaps Tower, que le provocó serias lesiones en estómago, páncreas e hígado.

Toda esta ráfaga de despropósitos le generó un enérgico desánimo. Exánime, su apolíneo aspecto se había tornado decrépito. Porque su vida de éxito y éxtasis había sido efímera; se había transformado, paradójicamente, en una esdrújula catástrofe.

sábado, 23 de febrero de 2019

El vagón

La historia narrada a continuación pasó hace apenas dos horas, pero que según como se mire sucedió hace décadas. Y comenzó con una situación de lo más cotidiana...

Siempre me he considerado un privilegiado por no tener la obligatoria costumbre de utilizar el transporte público. Lo que implica que tampoco tenga la necesaria costumbre de correr hacía un vagón de metro que esté a punto de abandonar el andén. Pero aquella noche de jueves invitaba a que la espera entre un tren y el siguiente fuera tediosamente larga, circunstancia que se alió con las ganas de volver pronto a casa. Así que, con la nocturnidad como aliada en la misión de evitar la humillación de exhibir mi paupérrima forma física, corrí con toda la dignidad que me permitían unos zapatos de un par de días de antigüedad y me introduje en el vagón dos décimas de segundo antes de que comenzaran a cerrarse las puertas.

Mi entrada no fue todo lo triunfal que tan titánico esfuerzo merecía. Un tipo corpulento, de camisa verde desabrochada y melena extraña, me obstruía el paso y no tuve más remedio que empujarlo levemente. Por fortuna su respuesta se limitó a un breve gruñido y no tuve que demorar con discusiones absurdas la tarea de buscar un rincón donde pasar los siguientes tres minutos de viaje de la manera más confortable posible.

Porque sólo me quedaba una parada por delante. Siguiendo una arrebatadora estadística, los transbordos en las líneas del metro te juegan malas pasadas y te fuerzan a invertir más tiempo recorriendo andenes, pasillos y escaleras entre líneas que dentro del propio tren. Un incentivo claro para prescindir de este medio de transporte y acelerar el envejecimiento de la suela de los zapatos.

A pesar de la abundancia de asientos libres, decidí realizar de pie mi pasatiempo favorito en estas situaciones: diseccionar, de una manera medio veleidosa, medio quirúrgica, al resto del pasaje. Por fortuna para mi innata misantropía y por desgracia para mis lúdicas necesidades, a aquella hora el vagón se encontraba prácticamente vacío y sólo pude contabilizar cinco individuos más.

El pasajero que sin duda llamaba más la atención, por lo menos para mi lasciva mirada, era una mujer escultural, de sinuosa silueta, que optaba como yo a no depositar sus nalgas en los impredecibles asientos del vagón y que desentonaba demasiado en aquel ambiente en las antípodas del glamour. Mis ojos recorrieron disimuladamente sus curvas a modo de ingenuo escáner, hasta que se detuvieron abruptamente en una minúscula verruga que brotaba de la punta de su perfecta nariz. Con gran injusticia porque apenas era perceptible, aquel corpúsculo en el centro de su bello rostro suponía un borrón en una auténtica obra de arte.

A continuación inspeccioné al caballero que se encontraba nerviosamente sentado en un asiento a la izquierda de aquella voluptuosa señorita. Tenía el aspecto del típico doctor chiflado, con zapatos descuartizados y cordones deshechos, un traje gris desgastado y una pajarita púrpura que culminaba cual guinda la parafernalia de su atuendo; su estilo no era admirable pero sí coherente. Pero lo que le convertía en un sujeto digno de intriga era la bolsa de deporte que colgaba de sus manos cansadas, totalmente negra y con forma de bola de bolos. Una pesada esfera, contundente y deportiva, hubiera sido el inquilino más probable de aquel recipiente, pero todo indicaba que no era así. Sobre todo porque parecía que algo se movía en su interior.

A la izquierda del doctor chiflado, más allá del hueco impuesto por dos asientos vacíos, reposaba sus metálicas posaderas un viejo androide, de aquellos a los que la obsolescencia se les reflejaba en los oxidados circuitos que daban forma a sus rostros. Parecía estar sumergido en una somnolencia a modo de stand by de la cual con total seguridad despertaría cuando anunciaran su estación por la megafonía interna del vagón.

A mi lado se encontraba todavía el cachas melenudo que me había dificultado el acceso. En aquel esperpéntico encuentro inicial no me había percatado de lo feo que era. Y lo más inquietante era que, cada segundo que pasaba, los rasgos de su cara se constreñían ligeramente, dándole una apariencia más terrorífica aún. Por suerte dejaría aquel vagón en breve y evitaría conocer el desenlace de la metamorfosis y la definitiva manifestación de su extrema fealdad.

A mi otro lado, sentado justo enfrente del taciturno robot, había un dandy engominado, de traje carísimo y corbata de lunares, la cual no se había permitido el lujo de aflojar a pesar de que probablemente su jornada laboral ya hacía horas que había concluido. Así como el sujeto de mi izquierda era quizás el más feo que había visto nunca, el tipo de la corbata de lunares poseía la cara de peores pulgas de la ciudad. Me devolvió la mirada con un instinto asesino que los lóbulos de mis orejas se estremecieron.

Pese a la escasa afluencia de pasajeros, con aquel maleducado escrutinio conseguí mi propósito y resulté entretenido durante los teóricos tres minutos de viaje. Mi parada sin duda debía de estar cerca. Consulté mi reloj de pulsera y extrañamente sólo había transcurrido, más o menos, un minuto y medio. Probablemente las ganas de llegar a casa habían ralentizado el tiempo; es lo que sucede cada vez que esperas con avidez la sucesión de un evento. El tren circulaba a la velocidad acostumbrada, al menos ésa era la sensación, y no se habían producido paradas inesperadas. Así que aquel alargamiento del tiempo se trataba obviamente de una experiencia subjetiva.

Al cabo de (muchos) segundos, volví a mirar mi reloj. Mostraba la misma hora que en la vez anterior. En un primer momento pensé en un nuevo contratiempo, mi viejo reloj se había parado, pero al observar la inquietud del resto del pasaje me di cuenta de que allí estaba pasando algo más; más extraño que una percepción personal del paso del tiempo o la avería de un reloj de pulsera.

El tren circulaba en todo momento a través de la oscuridad, era imposible que hubiera atravesado alguna estación sin detenerse sin que nos hubiéramos dado cuenta. La exuberante señorita me miró con el fin de compartir conmigo su perplejidad. Yo, tras 1,6 segundos concentrado en su verruga, le devolví la mirada, levantando las cejas y arrugando la barbilla. Tanto el yuppie como el musculoso de la camisa verde también comenzaban a ponerse nerviosos. Rompimos el hielo y la desconfianza y revelamos, con tremenda y colectiva estupefacción, que a todos se nos había parado el reloj y que nuestros teléfonos móviles estaban encendidos pero inservibles, como congelados.

El tiempo pasaba y la anunciada próxima estación no llegaba. Sólo el presunto científico y el robot andrajoso permanecían impertérritos; uno seguía concentrado en su sospechosa bolsa de deporte y el otro no acababa de encenderse. Pero su letargo, al menos el del científico, no se prolongaría mucho más. El poco agraciado musculitos soltó una especie de estruendoso aullido. En ese momento me fijé en su cara, totalmente desfigurada; sus orejas eran más puntiagudas de lo normal y en sus manos había brotado un vello inusitado. Provocaba auténtico pavor.

Poco tardamos en darnos cuenta de que estaba tan asustado como nosotros. Porque del desconcierto inicial habíamos pasado directamente al pánico. El tren seguía avanzando a una velocidad constante, sin encontrar ningún motivo para detenerse. Las puertas que separaban los vagones estaban bloqueadas y era inconcebible intentar abrir las laterales de acceso. El ejecutivo agresivo recurrió a una de nuestras escasas tablas de salvación accionando el freno de emergencia, pero no funcionó en absoluto.

Cómo habían podido desaparecer las estaciones? El tren no circulaba a tanta velocidad como para hacer inapreciable su aparición. Pero a través de las ventanas sólo contemplábamos las paredes de un túnel interminable. La bella verrugosa, el hombre feo, el yuppie y un servidor dedicamos unos instantes a elaborar estrambóticas teorías. La más plausible fue que habíamos sido víctimas de un secuestro y nuestros captores nos estaban conduciendo a través de un túnel secreto a un zulo donde nos retendrían a cambio de una suculenta recompensa. Si estábamos en lo cierto, tarde o temprano recibiríamos la terrible confirmación.

Me tapé la cara con las manos; estaba atrapado en aquel vagón sin frenos, ignorante de mi destino, con cinco individuos a cual de ellos más estrafalario.

Pasaron incontables minutos, calculados a ojo en ausencia de relojes funcionales, el tren seguía sin detenerse y el paisaje inalterable. En el interior del vagón el ambiente era cada vez más tenso, no teníamos noticias del exterior por parte de presuntos secuestradores y empezamos a contemplar la posibilidad de que el origen de todo no estuviera fuera, sino dentro. Teniendo en cuenta que el robot estaba dormido, el ejecutivo lucía unas exonerantes aureolas axilares, la verruga de la top model latía con más vehemencia que su corazón, el peludo inquilino transpiraba cataratas de aminoácidos, y que yo estaba simplemente acojonado, el centro de atención se situó en el incomprensiblemente impasible doctor chiflado, más pendiente de su extravagante bolsa de deporte que de los propios acontecimientos.

Sin duda fue la empatía de tantas horas de cautiverio lo que provocó la compenetración con la que los cuatro pasajeros oficialmente despiertos dirigimos nuestras miradas y nuestras sospechas hacia aquel presuntamente inofensivo individuo. Aquella bolsa tan celosamente guardada, de forma y comportamiento tan inexplicable, tendría forzosamente que ser la explicación de nuestra situación. La cordura se extinguía por momentos, pero, agonizante, aún estaba presente en aquel lugar y, blandiéndola como último recurso, fue como acometimos el primer intento de acceder a aquella bolsa, mientras el aparentemente enclenque científico se defendía, resistiéndose a desvelar su contenido con uñas, dientes y plumas estilográficas. Precisamente fue durante el forcejeo entre la inferioridad del doctor por un lado, y la superioridad del hombre feo y un servidor por el otro, cuando sucedió algo que turbó la tensa inactividad de las últimas horas. El timbre de un teléfono móvil sonó.

Si el tiempo ya parecía estar detenido, en aquel momento se detuvo aún más. Todos nos quedamos inertes, hieráticos, paradójicamente estupefactos ante una situación cotidiana que rompía la incoherencia de aquel entorno tan surrealista. La misión de descubrir qué escondía la bolsa del científico quedó abortada. Lo que importaba era aquel mensaje del mundo exterior que habíamos recibido.

Era el teléfono del yuppie. Nervioso, sudoroso hasta límites inexplorados por la civilización humana, descolgó como si de un teléfono fijo ciberpunk se tratara. El número que mostraba la pantalla era irreconocible. Nadie contestó.

Ese hombre, hasta aquel momento tan mustio como un cardo podrido y tan engreído como un junco desafiante a las débiles brisas de las marismas, se derrumbó. En un inusitado ejercicio de sincera locuacidad nos contó que se llamaba Arnold Mondayface y que trabajaba en una importante empresa financiera, de ésas que no tienen contacto con la economía real y lo único que hacen es mover cifras nominales de un sitio para otro. Se ganaba bien la vida, pero él en su vida no había ganado.

Su pagano pragmatismo le había ayudado a llegar a la conclusión de que el tren realmente no se movía. Las leyes de la física dictaban celosamente en contra de su teoría, pero su desesperación, condimentada con severas dosis de histerismo, le empujó a proferir un alarido aun mayor que el aullido con el que el peludo hombre feo había obsequiado a nuestros tímpanos unas horas antes. Además, aunque a aquellas alturas empezábamos a acostumbrarnos a la presencia de fenómenos imposibles, nos sorprendió que dos greñas rebeldes brotaran de la fronda de su cabellera y provocaran el hecho inaudito de que el impoluto caballero procediera al vil acto de despeinarse. Fuera de sí, con el rostro rojo como un semáforo nihilista con hemorroides y los ojos casi tan fuera de las órbitas que temíamos por la continuidad de sendos nervios ópticos, abrió una de las ventanas y asomó la cabeza a través de ella. Tenía que comprobar que, efectivamente, aquel maldito vagón no se estaba moviendo.

Y como ya sucedió con la desconcertante llamada perdida anterior, otra travesura tecnológica cambió drásticamente el rumbo de los acontecimientos. Las luces en el interior del vagón se apagaron durante unos segundos... el tiempo suficiente para que el señor Mondayface pudiera desaparecer sin despedirse.

El hueco de la ventana era suficiente amplio como para que la totalidad de los michelines de Mondayface la atravesaran; sin embargo, se hacía muy raro pensar que la determinación de arrojarse a un suicidio -probable, dada la dramática existencia del sujeto, pero tan esperpéntico- coincidiera con un apagón dudosamente programado.

Tras inspeccionar escrupulosamente el recinto durante muchos, muchos minutos, así, a ojo, sin hallar más evidencias de la anatomía del otrora antipático ejecutivo, los tres seres aún racionales que aún permanecíamos allí acordamos un período de reflexión. El tren seguía desplazándose hacia adelante, a la velocidad prevista, y el paisaje, así como los dos sujetos impasibles del vagón, continuaba invariable. Aquellos sujetos probablemente no eran conscientes de que con tal impasibilidad corrían el riesgo de convertirse en los principales sospechosos de causar el extraño fenómeno que indefectiblemente nos ocupaba, pero en caso de que lo barruntaran no parecía preocuparles, ni a al doctor ni al robot. Entre otras cosas porque sí eran plenamente conscientes de que, en caso de que uno de ellos fuera el responsable del desaguisado, ni el bruto de la camisa verde, ni la top model de la verruga, ni un servidor, seríamos capaces de desenmascararlo(s). Y si era eso lo que pensaba uno de los dos, o incluso los dos, no les faltaba ni un ápice de razón.

Aburrido y trastornado, el hombre rudo de la camisa verde, de rostro desfigurado y vello hasta en las palmas de las manos, decidió dejar a un lado su aversión a los clichés sociales y contarnos su historia, que incluía entre otras cosas que se llamaba Roland Lacombe y que era nada menos que un hombre lobo. Una especie oficialmente extinguida y que no formaba parte de otra cosa que no fuera mera leyenda. Si la mayoría de nosotros nos encontrábamos desubicados, sin explicación a lo que sucedía dentro y fuera del vagón, él lo estaba y sufría muchísimo más, puesto que su aspecto extraño y deforme se debía a que, justo a la hora en la que el metro abandonaba la última estación que habíamos conocido, comenzaría su transformación en licántropo. Dicha metamorfosis se había detenido, por las mismas enigmáticas razones por las que los relojes no avanzaban o la siguiente estación nunca llegaba.

La bella señorita tomó el testigo en la ronda de confesiones, eso sí, a cuentagotas. Su insaciable coquetería la limitó a revelar únicamente que su nombre era Wilma Bubblemint y que su edad era una cifra sorprendente. Ni el señor barbudo ni un servidor osamos indagar más en su biografía, más forzados por la situación que por ausencia de una curiosidad morbosa. Y fue precisamente la curiosidad lo que, transcurridos unos segundos de solemne silencio, impulsó a la señorita Bubblemint, tras recordar al señor Mondayface y su incomprensible desaparición, a emularlo fugazmente y asomar, durante un segundo, la cabeza fuera de la ventana que tenía más cercana. El sobresalto por la evaporación del yuppie despeinado fue elevado pero fue superado con creces cuando el cuello de la chica devolvió cráneo y envoltorio al interior del vagón.

Su rostro había envejecido prácticamente un siglo; la imagen de un cuerpo joven y escultural con la cabeza de un esqueleto era dantesca. Toda la vitalidad que irradiaba la muchacha se esfumó y falleció, instantánea y técnicamente, de vieja.

Las reacciones del pasaje que aún quedaba dentro de aquel tren mortífero fueron de lo más variopintas: yo me quedé completamente congelado, sin capacidad alguna de interacción con el entorno; el robot permanecía impávido en su perenne letargo; el presunto doctor mostraba síntomas de nerviosismo y delatoras gotas de sudor comenzaban a deslizarse por sus sienes, lo que no impedía que siguiera aferrándose a su bolsa como un hóbbit corrupto a su anillo; y Lacombe, casi literalmente, explotó.

Nadie llega a ser realmente consciente del dolor infinito que supone una metamorfosis de hombre a lobo si no se es uno de ellos. Y Rolando Lacombe era presa de ese sufrimiento estratosférico de manera permanente y, lo que era peor, ignorante de cuándo la agonía tocaría a su fin. La mezcla de incertidumbre y estupefacción por el rumbo de aquel ingobernable vagón, unida a las muertes de Mondayface y la señorita Bubblemint arrojaban poco optimismo al desenlace. Por eso rogó, suplicó, imploró, que si algún alma caritativa aún permanecía en aquel siniestro vagón pusiera fin a aquella tortura inconmensurable. Yo, en mi estado catatónico, era incapaz de mover un músculo, y mucho menos de pensar en alguna manera de ejecutar a sangre fría a un ser vivo. El científico chiflado optó por exhibir una voluntad indisimulada de obviar lo que sus sentidos le reclamaban como justificación de su inacción. Mientras tanto, en esta tensa espera, cada milésima de segundo suponía para el licántropo un suplicio indecible.

La tensión extrema que se respiraba se vio truncada con un nuevo giro de los acontecimientos. De repente, el viejo androide en-presunto-modo-de-reposo sacó un trabuco láser de no sé sabe dónde y ajustició al hombre lobo. Literalmente lo pulverizó, así como a la teoría de que sólo las balas de plata acaban con la vida de estos mutantes legendarios.

De nuevo necesité unos minutos para asimilar lo que acababa de suceder. Huelga decir que en ese intervalo de tiempo el tren tampoco alcanzó mi estación, por lo que mis problemas, una vez más y de momento, no los había solucionado Maese Tiempo.

Nunca pensé que describir el paisaje en el que me encontraba con la frívola expresión de panorama desolador me produjese tanto desasosiego. A la incertidumbre de conocer el final, si existía, de aquel trayecto se sumaba la purga que se estaba produciendo de pasajeros que morían de manera a cuál más cruel. Además, sólo quedábamos tres, y uno de ellos era un robot insensible y, presuntamente, sin consciencia, lo que le convertía en la víctima menos apetecible para el sádico marionetista que controlaba nuestros destinos.

Qué estaba pasando realmente? A aquellas alturas resultaba demasiado obvio que no éramos víctimas de un secuestro; y que tampoco se trataba de un fallo técnico de las instalaciones. Y si simplemente se limitara a una percepción subjetiva y todo fuera una ilusión, una alucinación, un sueño? Un sueño muy real, y diabólicamente largo.

Cuando pude recuperar la concentración, observé al androide. Unos minutos antes acababa de realizar el primer movimiento desde que fui consciente de su presencia, cuando entré en aquel tren infernal hacía ya horas. Me quedé mirándolo fijamente, intentando localizar la más mínima vibración que delatase que su hibernación era fingida. Puedo decir que esa suspicaz curiosidad fue la que me salvó la vida. O la vida tal y como la conocía.

No pude evitar fijarme en que la luz de los pilotos repartidos estratégicamente -o caprichosamente- por toda su anatomía ofrecían un fulgor notablemente más apagado. Su cuerpo comenzó a temblar, cada vez más deprisa, mientras saltaban chispas de todas sus articulaciones. La extraña magia de aquel vagón de metro había paralizado la transformación orgánica de un hombre lobo, pero no había conseguido detener el deterioro de la máquina.

"He fra-ca-sa-do". De pronto se escucharon esas palabras desde la megafonía del vagón. La ilógica de su semántica frustraba cualquier atisbo de esperanza que pudiera aportar la cotidianidad de un presunto mensaje desde el exterior.

No tardé en darme cuenta de que no era un agente externo el que intentaba transmitirnos con sumo desacierto su preocupación por nuestra seguridad ante puertas correderas, escalones o carteristas. La voz provenía del último aliento de nuestro compañero de pasaje, el androide moribundo, quien, en un acto de inusitada generosidad pre mortem, nos acabó liberando de aquella prisión móvil y nos relató todo lo que había causado nuestro cautiverio en una especie de prefacio a su epitafio.

Se llamaba Makharius-14 y era el último ejemplar de su especie. Tan obsoleto -él utilizó el término exclusivo- era que los materiales en los que se basaba su batería, su única fuente de energía, hacía años que se habían extinguido y sustituido por otros más sostenibles pero totalmente incompatibles con su modelo. A pesar de su indudable obsolescencia, su IA era muy avanzada y había llegado a adquirir consciencia de su propia existencia, lo que le procuraba pánico a la muerte/desguace y un instinto de supervivencia casi humano. En los últimos meses había estado estudiando múltiples versiones de la teoría de cuerdas, progresando a una velocidad tal que había conseguido reproducir un modesto agujero de gusano. Su objetivo era encontrar la manera de detener indefinidamente el tiempo, de poder vivir para siempre. Y ese agujero de gusano lo había construido en un túnel del metro, justo entre la parada donde yo me subí aquella noche de jueves y la parada más cercana a mi casa.

Ese jueves, cuando apenas le quedaba una barrita de batería, puso en práctica su experimento, su plan desesperado. Y casi le salió bien. Manteniéndose en stand by para conservar el máximo de energía, manipuló el tren, conduciéndolo al agujero de gusano y consiguió detener el tiempo, los relojes, los teléfonos móviles, incluso la transformación de un licántropo. Pero no contaba con que los materiales extintos de los que se componía su organismo jugaban bajo otras normas. Para él sí transcurría el tiempo.

Nos confesó al doctor y a mí, no sin pesar, que tuvo que sacrificar al señor Mondayface para mantener su coartada. Conectándose a la instalación eléctrica del tren, de la misma manera que a la megafonía como nos había mostrado minutos antes y a la propia dirección que nos condujo al agujero de gusano, manipuló su teléfono móvil en un primer momento y posteriormente provocó un apagón y aprovechó la alevosía de la oscuridad para arrojar al ejecutivo por la ventana. Del compasivo asesinato del señor Lacombe fuimos testigos y nos aseguró, y le creímos, que de la muerte de la señorita Bubblemint no tuvo nada que ver.

Tras su penitente revelación, su último gesto fue redireccionar el tren, sacarlo de aquel bucle cuántico y conducirlo, por fin, a la siguiente estación.

Cuando se abrieron las puertas, en el vagón sólo quedaba un robot con una batería agotada y difícilmente restaurable; el cadáver hecho fosfatina de un hombre lobo; un cráneo de bruja pegado a un cuerpo exuberante pero inerte; y un servidor. Porque el doctor chiflado, como si para él sólo hubieran transcurrido los tres minutos protocolarios entre estación y estación, salió despavorido en cuanto se abrieron las puertas. Nunca más volví a saber de él. Ni supe cuál era el contenido de aquella enigmática bolsa de bolos.

Salí por fin de aquel metro, exhausto, tenso por los momentos vividos pero relajado porque todo había terminado. Sin embargo, lo que me encontré en la estación no mitigó la inquietud experimentada en las últimas horas.

Todo estaba distinto. La decoración era completamente diferente, futurista como en las películas de ciencia-ficción de los años 70. Incluso el nombre de la estación había cambiado, ahora se llamaba Steven Spielberg. En un primer momento pensé que podría tratarse de una estratagema comercial de promoción de su próxima película, pero al subir las escaleras y salir al exterior lo entendí todo.

La estación se llamaba así en memoria del famoso director fallecido hacía unos años. En la calle no había semáforos pues, como todo el mundo se desplazaba en bicicleta o patinete y, como para esos vehículos los semáforos suponían un mero adorno, éstos se acabaron extinguiendo. La gente vestía la moda de los años 90 y los restaurantes eran mayoritariamente vegetarianos. Como se suele hacer en estos casos, me acerqué a una papelera y escarbé en busca de un periódico del día, o del día anterior. O del mes anterior, daba lo mismo. Tenía una terrible intuición y sólo deseaba conocer el año en el que me encontraba. Al final encontré un panfleto de una organización religiosa que seguía recurriendo para su proselitismo al atávico método de la saturación por acumulación de papel que me informó de la fecha aproximada.

Tuve que retener a mis ojos para que no se salieran de sus órbitas. Aquel panfleto anunciaba un evento 184 años más tarde de cuando me subí a aquel fatídico vagón. Un trayecto de tres minutos, que para nosotros, los pasajeros, fueron dos, tres horas, en el mundo exterior se tradujo en casi dos siglos. Todo era distinto, no conocía ese mundo. Mi familia, mis amigos, ya no estaban allí. Habían muerto. Y yo no era más que un troglodita desconocido en un planeta desconocido.

Por ese esfuerzo, por esa carrera absurda por subir a ese vagón de la noche de los jueves.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Bandersnatch



Hasta la fecha, todo lo que nos ha ofrecido la serie 'Black Mirror' me ha dejado satisfecho; eso con el riesgo que conlleva de no alcanzar las enormes expectativas que va generando temporada tras temporada. Cierto es que hay capítulos mejores que otros, y los últimos, los de la cuarta temporada, acusaron cierto desgaste en su capacidad de sorpresa e innovación. Por eso tal vez los creadores han decidido seguir innovando, aportando elementos hasta ahora nunca vistos a nivel de público de masas.

A estas alturas sabemos todos lo que es Bandersnatch; una película interactiva, donde los acontecimientos se suceden en función de las decisiones del espectador en momentos puntuales. No es una forma nueva de contar una historia, y el propio contenido de la película hace referencia constantemente a ello, puesto que ya lo hemos visto en novelas o videojuegos. Pero en televisión, por cuestiones creativas o tecnológicas, probablemente sea la primera vez, a este nivel.

Como experimento es muy interesante y aplaudo la iniciativa, sin duda. Pero como experiencia no me ha resultado todo lo gratificante que me hubiera gustado. Esto se debe a su propia concepción, de híbrido entre una película y un videojuego. Me encanta ver series y películas, pero como una actividad pasiva, permitiendo que el autor me cuente su historia al completo y sin tener la sensación de que me dejo algo por descubrir. Que se puede llegar a consumir todo el material "rebobinando" y regresando a un nodo de decisión anterior? Por supuesto, pero eso me resulta caótico. También te obliga a volver a visionar pasajes ya visitados, con el tedio que supone. Tampoco los videojuegos creados como película interactiva me interesan en absoluto. Estar viendo una historia relajado, como mero espectador, pero continua y paradójicamente alerta por los momentos donde pueda aparecer un nodo de decisión, con el mando de la consola en la mano sin utilizar, no es divertido. O juegas, de manera totalmente activa, o ves una película, de manera pasiva.

A pesar de mis fobias, considero que Bandersnatch es un grandísimo producto. Especialmente brillante es la conexión entre el contenido y el continente. Porque el contenido, la historia del joven programador Stefan Butler, se fusiona de manera magistral con el juego interactivo con el espectador. Stefan está programando un videojuego basado en la toma de decisiones, inspirado a su vez en una novela del estilo Elige tu propia aventura. Y nosotros, como un ente superior, tomamos ciertas decisiones por él. Esta integración entre contenido y continente, entre historia y formato, es tan perfecta que mitiga parcialmente el poco atractivo que me produce semejante formato.

La reflexión sobre el libre albedrío, sobre los infinitos y potenciales universos paralelos a expensas de nuestras decisiones, sobre quién toma realmente las decisiones, sobre si somos personajes de un videojuego o no, está a la altura de los mejores capítulos de Black Mirror, y eso son palabras mayores.

Además, cómo no me va a gustar Bandersnatch, si el juego homónimo lo está programando en mi querido ZX Spectrum 48K!


lunes, 13 de agosto de 2018

El Señor del Tiempo

I.

Lidio Piscolabis solamente fue consciente unas pocas horas antes del Cataclismo de la huella que los rayos ultravioleta procedentes del Sol le habían dejado grabada en la muñeca de su brazo izquierdo. Su absurda manía de conservar, y utilizar, el extraño artilugio encontrado hacía unos años en el baúl de su abuelo Diógenes había sido la causa de esa desagradable distorsión estética. El artilugio en cuestión era un mecanismo portátil y circular que permitía calcular el paso del tiempo y conocer, en todo momento, la hora del día en que se encontraba su propietario. Naturalmente aquél era un artefacto obsoleto, y de cuya ciencia y funcionamiento nadie recordaba nada pues se había perdido cualquier resquicio de documentación de fabricación; algo totalmente lógico dado el avance tecnológico que se disfrutaba en la época. Eran objetos objetivamente útiles, porque funcionaban y daban una respuesta correcta a sus requerimientos, pero completamente subyugados por la nueva tecnología.

En la Era de la Tecnología Sideral, literalmente todo el mundo, todos los habitantes de la Tierra, podían conocer la hora exacta -conocida precisamente como Hora Sideral-, de cualquier huso horario, de manera instantánea y con una precisión de microsegundos gracias a Internet-LXXVII. La conexión a la red de redes era universal y gracias a ella funcionaban prácticamente la mayoría de resortes y aparatos de la vida cotidiana de la Civilización. La interconexión (que no interacción) entre usuarios era uno de los tres pilares básicos de la supervivencia humana, junto al agua y la sobrasada. La impuntualidad había pasado a ser un mero mal recuerdo del pasado.

Pese a su futilidad Lidio era feliz con su viejo cachivache. Sin él podía conocer en todo momento la hora, como todo el mundo, pero por algún extraño fetichismo le gustaba contemplar en su muñeca aquel circulito con números alrededor que representaban las arbitrarias veinticuatro unidades temporales en las que alguien había decidido que se dividiera el día. Le resultaba relajante el movimiento rítmico y coordinado de esas dos agujas, una más corta y lenta para las lánguidas horas y otra más larga y dinámica que aguantaba el ritmo de los inquietos minutos. Resultaba una experiencia entre mágica y vintage.

Algunas leyendas modernas citaban artilugios similares de mayores dimensiones, que acostumbraban a colgarse de una pared. Pero por lo que se había averiguado no quedaba ninguno que conservara sus dos agujas con la suficiente disciplina como para expresar la hora del momento de manera exacta.

El suyo era un modelo de pulsera y su sincronización con la Hora Sideral estaba más que contrastada. Pero aquel día, unas pocas horas antes del fenómeno conocido como Cataclismo, Lidio se sintió avergonzado por su culpa. La huella que la irradiación solar había forjado en su muñeca le hizo darse cuenta de que él era el único que utilizaba aquel, en aquellos tiempos inútil, ornamento. Porque realmente era lo que era, un elemento esencialmente decorativo, dado que su utilidad se había reducido al mínimo -en el sentido cuántico- en el entorno tecnológico con el que convivía. Lo peor de todo era que la posible mejoría estética que podría otorgarle el aparato había pasado a ser un estigma denigrante cuando se lo quitaba. Nadie más, posiblemente en toda la superficie del planeta, lucía en su muñeca una marca semejante. Porque todos podían conocer la hora exacta simplemente parpadeando. Hasta el día del Cataclismo.

Los historiadores recuerdan el Cataclismo como el fenómeno que tuvo lugar el 30 de Octubre de 2077, tras el cual Internet-LXXVII, la red de redes, se colapsó en todo el mundo. Aunque se desconocen de manera fehaciente los orígenes del mayor desastre tecnológico de la Historia de la Humanidad, la teoría más difundida sugiere que fue ocasionado por una zarigüeya que royó el cable principal que comunicaba los servidores de la Universidad de Stonfard, California con el mundo exterior. Prácticamente todas las averías fueron reparadas en cuestión de minutos -u horas, nadie lo pudo cronometrar-, pero los temporizadores que determinaban la Hora Sideral jamás fueron restablecidos.

En los instantes iniciales, Lidio Piscolabis apenas se apercibió del terrible acontecimiento a escala mundial que acababa de producirse. La humillación de la huella en su muñeca le había obligado a volver a colocarse el ornamento sobre ella, con el fin de ocultar aquel estigma atroz; como efecto colateral, eso le permitía conocer la hora sin necesidad de estar conectado a la red. Entonces le sucedió algo por primera vez en su vida: una ancianita, de unos 133 años, 4 meses y 8 días, así, a ojo, le preguntó qué hora era. Absolutamente estupefacto, y condicionado por el desagradable suceso reciente con el ornamento de su muñeca, Lidio acudió a dicho aparato y le concedió a la viejecita la información requerida. Nueve minutos, dieciocho segundos más tarde, un corpulento veinteañero, que Lidio reconoció como uno de los principales artífices de la chanza colectiva en que sus vecinos habían convertido el punto de unión entre su mano y su antebrazo, le realizó idéntica consulta. Hasta tres personas más, que reconocieron el artilugio otrora motivo de mofa, le preguntaron la hora mientras enfilaba el camino a su casa.

II.

Asombrado, un poco asustado y buscando una distracción, Lidio Piscolabis encendió el televisor. A aquella hora debía comenzar su programa favorito, El Tiempo es Orégano, un concurso con un formato nada revolucionario donde los participantes debían responder el máximo número de preguntas de cultura general en un tiempo limitado. Inicialmente le extrañó que el programa comenzara un minuto, seis segundos más tarde de lo habitual, pero lo que acabó por desconcertarle fue que la duración de las pruebas, fijada cada una en unos rigurosísimos noventa segundos, se convirtió en algo totalmente aleatorio. Especialmente grave era el hecho de que los responsables de producción, que se jactaban del mastodóntico presupuesto que manejaban, fueran incapaces de justificar aquel imperdonable desajuste.

Por temor a sufrir algún tipo de acoso, al día siguiente, domingo, Lidio permaneció en el cobijo de su hogar. No podía salir al exterior, pues tanto si llevaba su antiguamente incomprendido artilugio como si no, la marca en su muñeca delataría su codiciada posesión(1). Podía recurrir a la manga larga y vestir como le obligaban en la oficina, pero el calor aquel día era acuciante y cubrir los brazos no suponía lo más apetecible. Tampoco le esperaba ninguna cita importante en el mundo exterior, así que se entretuvo -no sin inconfesable regocijo- con los despropósitos horarios de una desquiciada parrilla televisiva.

Al día siguiente acudió al trabajo ataviado con su chaqueta favorita, una americana de la célebre fibra sintética de Marte, adquirida en un mercadillo a buen precio. Pasó bastante desapercibido y sin sobresaltos hasta que llegó al edificio de oficinas donde trabajaba, cuyas puertas se encontraban inusualmente cerradas. Con extremo disimulo consultó su ahora inseparable artilugio; sin duda era la hora de siempre pero parecía que había llegado antes de tiempo, teoría que desmintió la presencia de varios de sus compañeros, algunos de los cuales aseguraban llevar horas allí esperando. Todos ellos mostraban un aspecto demacrado, insomne, como si estuvieran inmersos en un jet lag perpetuo.

Fue en el momento en que Lidio se remangó de nuevo la chaqueta para corroborar que la hora era la correcta cuando apareció su supervisor, el señor Brewster, y le pilló con las manos en la masa. O en la manga. Su informal interrogatorio fue breve pero suficiente para comprender la extrema importancia de la bagatela con la que su subordinado Piscolabis cubría su muñeca; se trataba nada menos que de la única fuente fiable del paso del tiempo que quedaba en el planeta Tierra. Quien poseyera aquel objeto, tendría el control absoluto de la cuarta dimensión...

El señor Brewster, con sus ojos flotando sobre dos balsas de ojeras, de manera sospechosamente generosa se hizo cargo de la situación. Se puso en contacto con el bedel para que abriera ipso facto las puertas del edificio e informó al resto de compañeros que, a partir de entonces, lo que determinaría el horario de entrada y salida sería aquel círculo con números de Piscolabis. Tal era el caos aquellos días que la insólita y exclusiva puntualidad de aquella empresa le hizo aumentar exponencialmente su eficiencia, cobrar una enorme popularidad y, al cabo de tan sólo una semana -y ocho horas y cuatro minutos-, convertirse en líder mundial del sector. Tanto Lidio -ascendido a un puesto en el que su única tarea consistía en comunicar lo que decía la tímida pero resolutiva esfera de su brazo- como Brewster se convirtieron en multimillonarios en cuestión de días. Las ojeras de éste último desaparecieron, no así su avaricia.

Las lascivas miradas hacia su -ahora- preciada posesión de todos los que le rodeaban habían erigido una muralla de desconfianza en la personalidad de Lidio. Por todas esas innumerables presiones tomó una decisión: registrar la patente sobre la información que daba su artilugio. A partir de ese momento, él sería el único propietario legal de la hora exacta en el mundo.

III.

Además de las suculentas ventajas financieras, tener el control absoluto de la hora le otorgaba otros privilegios. Por ejemplo, tenía la capacidad de parar o avanzar el tiempo a su conveniencia, puesto que la hora mundial era impuesta por aquellas dos insignificantes manecillas dispuestas al alcance de su mano, las cuales podía manipular -siempre con moderación y discreción- para llegar puntual a una cita, o acortar un evento tedioso o alargar uno entretenido. Él sí que tenía, de verdad... el tiempo en sus manos.

Las amenazas, en el más amplio sentido de la palabra, sobre Lidio se incrementaron. La economía mundial dependía en gran medida de las veleidades del muchacho y los magnates que estaban viendo tambalear sus fortunas decidieron actuar. Contrataron a los más eminentes ingenieros para que diseñaran algún aparato que pudiera realizar idénticas funciones que el del tal Piscolabis. No tardaron en reproducir cientos de inventos, de diversos tamaños y colores, que funcionaban con la misma eficiencia. Pero a todos ellos les faltaba algo: la hora homologada. Y esto sólo lo podían conseguir a través de contratos leoninos con Piscolabis, el cual exprimía las cuentas bancarias de los empresarios a un nivel que descartaba cualquier posible rentabilidad de aquellos nuevos contadores de tiempo.

El planeta giraba a la velocidad que marcaba Lidio Piscolabis. Como dulce venganza, obligaba a las corporaciones que pagaban sustanciosos royalties por utilizar su hora a incluir un sello en sus documentos con el logotipo de su flamante megacorporación, la mayor multinacional jamás concebida: un círculo similar a la huella que los rayos del Sol le habían grabado en la muñeca. Todo se movía según marcaban aquellas dos agujas de diferente longitud pero coordinadas a la perfección. Aguja Corta no daba un paso hasta que Aguja Larga hubiera completado el consensuado periplo de sesenta minutos. Hasta que, tras varios años de cronodictadura de Lidio Piscolabis, Aguja Corta se despistó...

Probablemente las baterías se agotaron; o se deterioró por la humedad, por el calor, o por -irónicamente- el paso del tiempo; o tal vez fue provocado por el boicot electromagnético de alguno de sus infinitos enemigos. Aguja Corta no lograba interpretar el número de vueltas que daba Aguja Larga y tardaba en reaccionar. A primera vista parecía que Aguja Larga tardaba más de lo habitual en dar cada una de sus vueltas, pero eso era imposible de verificar pues precisamente era ella la que marcaba el paso de los minutos, el transcurrir del tiempo. Entonces las más terribles sospechas se confirmaron: Aguja Larga se detuvo por completo. Aguja Corta, desconcertada, también se sumió en el más inexpresivo de los letargos.

Y así fue, años después del Cataclismo, como el tiempo se paró. El pasado se fundió con el futuro, los viajes temporales se hicieron posibles por primera vez e inevitables, el plano de la realidad se dobló por la mitad para que un agujero de gusano lo atravesara.

Entre corrientes de aire inexistentes, máquinas paradas, humanos congelados, todo un ecosistema detenido como en un fotograma, una zarigüeya anciana y moribunda agonizaba recordando el desagradable sabor a azufre de aquellos cables que mordisqueó, una vez, hacía muchos años, en la Universidad de StonfardCalifornia.

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(1) Es menester recordar que en la segunda mitad del siglo XXI, debido al cambio climático, el verano era permanente. Por eso durante todo el año se acostumbraba a tomar el sol y llevar ropa de manga corta.

viernes, 6 de julio de 2018

Cómo nos las apañamos después de la bomba


Los que disfrutamos consumiendo ficción ambientada en el futuro tenemos una idea más o menos propia de cómo será ese futuro, en forma de cínico eufemismo de cómo nos gustaría que fuese. Al no estar condicionado por el incontestable testimonio -interpretable pero indudablemente determinante para nuestro presente- de la Historia, los escenarios son prácticamente ilimitados. Y uno de los que tienen más "éxito" es el futuro post-nuclear; el resultante de la caída de la bomba atómica, arma principal de la Tercera Guerra Mundial.

La novela Dr. Bloodmoney, o cómo nos las apañamos después de la bomba, de Philip K. Dick, no tiene otro objeto que la descripción, con algún oportuno prefacio, de una de estas sociedades producto de la devastación atómica. Un escrutinio no excesivamente minucioso pero sí lo suficientemente detallado como para que las consecuencias de la caída de la bomba en la naturaleza, la economía, la industria y, sobre todo, en la psicología humana, tengan un admirable nivel de verosimilitud.

Estamos ante una novela coral, como otras obras de Dick, aunque tal vez en este caso este aspecto sea más acentuado. Y esto hace que no exista una única línea argumental, o un único protagonista que constituya la pauta sobre la que se defina el viaje del héroe de toda historia. A grandes rasgos podríamos citar a tres personajes principales, más por su trascendencia que por una cuota de presencia no superior a la del resto del elenco. Por un lado tenemos al Doctor Dinero de Sangre, el Dr. Bloodmoney que da nombre al libro y cuyo apellido real es el resultado de su germanizaciónBluthgeld. Sin duda es el personaje esencial durante los primeros capítulos, donde vemos a una sociedad americana traumatizada por el fracaso de unos experimentos atómicos en un pasado reciente, de los que Bruno Bluthgeld es el único responsable, pero ajena a lo que va a suceder en la elipsis literaria que nos conduce a los capítulos siguientes; el acontecimiento conocido como la Emergencia, que acaba con gran parte de la vida en el planeta y convierte a los supervivientes o bien en mutantes (prácticamente toda la fauna) o en absolutos desgraciados.

Después está Stuart McConchie -la facilidad de Dick para inventar nombres tan mundanos como carismáticos no deja de resultar asombrosa-, un comercial de raza negra -este último rasgo no trivial y sujeto a la polémica de quien tenga ganas de ella- que parecía ser el protagonista en las primeras páginas pero que no es tal y que consigue que, tras varias apariciones y desapariciones, el lector mantenga cierta empatía con él. Es lo que tiene solidarizarse con quien el hambre obliga a comer una rata. Una rata cruda. Una rata cruda y viva.

La tercera parte del triunvirato aporta de manera más flagrante el componente de ciencia-ficción que nos empujó a leer esta novela. Hoppy Harrington -de nuevo, nombre maravilloso- es un focomelo, denominación a medio camino entre la ciencia y el escarnio de cierto tipo de mutante resultado del experimento fallido de Bluthgeld cuya principal característica es la ausencia de extremidades. No sabemos si esta importante tara física es la causa de unos poderes innatos y muy prometedores, pero poco importa. Hoppy tiene poderes telequinéticos, puede reparar cualquier cosa, predecir el futuro... y hacer imitaciones.

La historia está enfocada en la radical evolución de estos tres personajes, muy diferentes entre sí pero cuya convergencia acaba siendo natural y muy interesante. Todo esto a pesar del contexto, donde puede dar la impresión de que el panorama que dejaría una bomba atómica a finales del siglo XX sería demasiado desolado y aburrido. Por eso, la banda sonora que aporta otra de las piezas imprescindibles de este puzzle, Walt Dangerfield, ameniza tanto al lector (no ya por la música citada, obviamente inaudible para el lector, sino por su mera presencia) como a los desesperados supervivientes en toda la superficie del globo. Se trata de un astronauta que, justo en el momento de la mencionada Emergencia, embarca en un cohete rumbo a Marte junto a su mujer con la peregrina misión de establecer una colonia. Su mujer fallece y él queda orbitando alrededor de la Tierra con el único medio de comunicación a distancia en todo el planeta y una colección inagotable de discos. La desesperación en la superficie es tal que prácticamente las transmisiones de Dangerfield constituyen el máximo aliciente en las miserables vidas de los humanos.

No queremos olvidarnos de otro ingrediente imprescindible en este cóctel lleno de mutantes y fenómenos paranormales: Bill Keller, el hermano ¿siamés? de Edie Keller, hija ¿consecuencia de una relación de adulterio? de Bonnie Keller, el personaje femenino más importante de la historia. Bonnie es una mujer realizada, con iniciativa y talento, un marido en buena posición -George, que acabará siendo el director de la escuela en West Marin, uno de los asentamientos supervivientes a la Emergencia- y amiga del infame doctor Bluthgeld. Sin embargo, su infelicidad inconfesada, antes y después del fatídico evento, la empuja a cometer justificadas infidelidades, una de las cuales desemboca en la concepción de la pobre Edie. Ésta nace con un hermano gemelo, al que nadie conoce porque se encuentra literalmente dentro de ella y porque ella es la única capaz de comunicarse con él. Sólo el doctor Stockstill, antiguo psiquiatra, llega a comprender la situación y a advertir que si Bill sale del cuerpo de Edie supondría su final. Lo que el ex-psiquiatra no sabe es que Bill tiene la capacidad de intercambiarse con otros cuerpos, ya sea el de una lombriz o el de un focomelo... Esta trama alternativa quizá no esté suficientemente explotada, pero en la actual crisis creativa en cine y televisión tendría un potencial enorme.

En esta novela, Philip K. Dick parece disculparse por proponernos un planteamiento donde, tras el cataclismo nuclear, la sociedad será más mezquina y traicionera que nunca, con un sistema de justicia prehistórico y una civilización pendiente de un hilo. De lo único que se le puede acusar es de ser demasiado optimista pues, para nuestra desgracia (o no, dado su talento para inventar mundos futuros no lejanos pero mejores que éste), esa sociedad sería sensiblemente mejor que la que seguro nos aguarda.

sábado, 5 de mayo de 2018

sábado, 7 de abril de 2018

Conversaciones con un troll en el fondo de un pozo


Cuando la señorita Bubblemint despertó, únicamente vio una cosa: oscuridad. Al frente, a su derecha, a su izquierda. Sólo al girar el cuello noventa grados hacia arriba contempló un círculo de luz y entonces fue consciente de su situación. Aquellos campesinos analfabetos la habían arrojado al fondo de un pozo.

A aquel pozo se le podía calificar como seco obviando los cinco centímetros de barro que cubrían el fondo donde en aquellos momentos reposaban las posaderas de la señorita Bubblemint. Con un metro y medio de diámetro, tampoco parecía demasiado profundo, pero las paredes eran lo suficientemente resbaladizas como para descartar por completo la escalada. Mientras sus pensamientos alternaban entre lo injusta de su presencia allí y algún método rocambolesco para salir, comprobó que no era la única inquilina de aquel inhóspito lugar.

Ya le había parecido que el espacio en aquel fondo era considerablemente más estrecho del que se presumía en la superficie, pero fue cuando la luz de la luna asomó por el orificio cuando descubrió al troll más feo que había visto en su vida. No era de extrañar que inicialmente lo confundiera con sedimentos acumulados durante siglos en aquella sima. Cuando aquella criatura abrió los ojos, dos zafiros reflejaron la luz del exterior e iluminaron la estancia con una paradójicamente hermosa tonalidad azulada.

- Me... me llamo Cilindrus -pronunció tímidamente el troll cuando se percató de la expresión horrorizada de la señorita Bubblemint-. No dengas miedo, no dengo hambre. Además, sólo como gnomos y no dienes aspecdo de gnomo. Disculpa que hable en voz dan baja pero, por un lado, no veo necesario gridar y, por odro lado, si hablo con mi dono habidual provocaría más de un desprendimiendo. Lo cual, dadas las circunsdancias, no sería algo deseable.

- Soy Wilma. Wilma Bubblemint. -La insólita amabilidad de Cilindrus la había tranquilizado. Y el hecho de no tener nariz irracionalmente le hacía parecer un poco más inofensivo.

- Qué de ha pasado? -preguntó Cilindrus- No predendo ser indiscredo pero... cómo has acabado en esde pozo seco y maloliende?

- No recuerdo exactamente cómo he llegado aquí. Lo último que recuerdo es la imagen de unos campesinos enloquecidos, yendo a por mí, acusándome de haber matado algunos bueyes -lo desesperada de su situación le hizo no importarle explicar su desgracia a un desconocido de granito-. Lo cual, obviamente, es rotundamente falso. Soy incapaz de hacer daño ni a una libélula escarlata.

- Es evidende considerando du anadomía -comentó jocoso el troll, intentando desdramatizar el relato-. Y en qué se basan para acusarde precisamende a di de semejande fechoría?

- No te lo vas a creer -por fin una minúscula sonrisa asomó en el rostro de la señorita Bubblemint-. Estaba solamente de paso en el pueblo y probablemente desperté algún tipo de envidia pues fui acusada por el Gremio de Madrastras y Marujas de... brujería.

- Dienes razón, no me lo voy a creer -los zafiros de Cilindrus se iluminaron fugazmente-. No he conocido a muchas brujas en mis dresciendos años de vida pero aposdaría mi muslo derecho, que es de mármol de Carrara, que dienen una apariencia dodalmende opuesda a la duya.

- Por lo visto no tenían suficiente con el indisimulado desprecio y algún que otro insulto. Aprovecharon la inexplicable muerte por aplastamiento de cráneo de varias reses para declararme culpable de ellas y condenarme sin juicio alguno. El castigo, acabo de comprobar, termina en el cadalso de este pozo. Sin duda están alienados... cómo podría alguien como yo machacar la cabeza de bueyes de una tonelada?

- Por supuesdo, no hay más que verde -los ojos del troll se volvieron a iluminar-. Es una dremenda injusdicia. Esde lugar dan siniesdro es para seres deformes como yo, y no para criaduras dan dulces y delicadas como .

- Eres muy amable, Cilindrus. Y tú, también estás cumpliendo una condena aquí abajo?

- Oh, lo mío no es una condena. Conozco muy bien el fanadismo de los habidandes de ese pueblo, por eso no me exdraña lo que de ha sucedido y por eso dampoco se me ocurriría inderacduar con nadie de allí. Simplemende me caí, jugando, yendo a buscar un boomerang que me había lanzado mi primo Prismus desde Remolacha Amarga.

- Remolacha Amarga? Esa region debe de estar a seis ó siete leguas!

- Más o menos. Ésa es la fuerza que denemos los drolls remolachamarguianos al lanzar el boomerang. Por esa razón es aldamende improbable que mi primo o mi familia me encuendren. -los zafiros del troll parecieron humedecerse.

- Lo siento mucho -la señorita Bubblemint sintió auténtica lástima por aquel ser tan amable y tan feo-. Si pudiera ayudarte de alguna manera...

- Como habrás imaginado, llevo meses indendando salir de aquí sin éxido. He sobrevivido gracias a un par de ladas de gnomos en conserva que llevaba en el bolsillo y casi había perdido la esperanza. Hasda que aparecisde dú.

- Claro, Cilindrus. Entre los dos conseguiremos salir de aquí! -la euforia de la señorita Bubblemint se debía más a una voluntad de animar al desgraciado troll que a una esperanza real.

El troll esbozó lo más parecido a una sonrisa.

- Esdoy seguro. Pero andes debo informarde de una cosa, que seguramende ya sabrás. Faldan pocas horas para el amanecer y, en ese momendo, como buen droll, me converdiré en piedra. La única compañía que dendrás hasda que anochezca de nuevo serán los kilos de barro que rebozan nuesdros draseros y una roca inerde sin nariz.

- De acuerdo. Mientras estés "durmiendo" intentaré pensar en un plan para escapar, no te preocupes. -Y guiñó un ojo a su nuevo amigo y compañero de fuga.

Mientras charlaban de temas más triviales, los zafiros de Cilindrus poco a poco se iban apagando. La luna dejaba de iluminar el lecho del pozo y daba paso a un cielo cada vez más claro. Cilindrus, encantado con su nueva amiga, no le quitaba zafiro de encima... hasta que por fin la luz del día asomó por la boca del pozo. Todo el cariño que el troll había acumulado hacia la señorita Bubblemint en las últimas horas se resquebrajó cuando gracias al primer rayo de sol descubrió una diminuta verruga en su perfecta nariz.

No pudo reaccionar, en seguida se convirtió en una horrible estatua de piedra. Segundos más tarde, la señorita Bubblemint no tardó en invocar el Hechizo del Martillo Demoníaco, que hizo aparecer un poderoso martillo capaz de hacer añicos tanto un troll convertido en piedra como el cráneo de un buey. Y así fue cómo, gracias a una montaña de gravilla producto de un troll triturado y en posesión de dos excelentes zafiros por los que conseguiría un buen pellizco, la señorita Bubblemint consiguió escapar de aquel pozo seco y maloliende.


sábado, 24 de febrero de 2018

Carbono Alterado


Cada nuevo título de ciencia-ficción, ya sea novela, película o serie, es siempre bienvenido. Aunque los recibimos con idéntica amplitud de brazos que las space operas, los viajes en el tiempo, los superhéroes o los estrafalarios inventos de un mad doctor, los futuros distópicos siempre generan un interés especial. En parte porque recogen prácticamente la totalidad de elementos que definen el género, al menos en potencia, y porque poseen un componente ilimitadamente flexible de análisis sociológico.

Un futuro distópico es el contexto donde transcurre la serie Altered Carbon, uno de los estrenos recientes más importantes de la plataforma Netflix. Basada en la novela homónima de Richard K. Morgan (ganadora del premio Philip K. Dick en 2003), se sitúa unos cuatro siglos de un futuro donde los avances tecnológicos han permitido al ser humano aproximarse a su ancestral anhelo de inmortalidad.

Porque en este futuro, los humanos están compuestos básicamente de dos partes: la pila, un dispositivo que permite conservar y transferir la información genética, la personalidad, la memoria -en definitiva, lo que algunos osados definirían en un conato de reduccionismo y en una palabra: alma- de un individuo; y la funda, la carcasa clónica e intercambiable que hace posible el contacto con el mundo exterior, la experiencia más cercana a la vida tal como la conocemos.

A pesar de que cuenta con más elementos característicos de la ciencia-ficción -mundos colonizados, inteligencia artificial-, sin duda el descubrimiento del DH es el que vertebra la trama principal y los giros argumentales. También da muchísimo juego a nivel narrativo; el hecho de que una misma personalidad pueda tener cualquier apariencia genera confusión y recelo tanto a los personajes como al espectador. Además, potencia algo siempre presente en las distopías: la diferencia entre clases sociales. Los más desfavorecidos sólo pueden aspirar a mantener su pila y, con suerte, implantarla en alguna funda accesible recién sacada del desguace; lo de elegir género o rango de edad es algo inconcebible para sus bolsillos. En cambio, los ricos pueden disponer de un ejército de clones impolutos en el armario, preparados para convertirse en el armazón de su díscola consciencia cada vez que deciden convertir su vida en un videojuego. O bien elegir entre un extenso catálogo de humanoides perfectos. No es de extrañar que, por la longevidad consecuencia de esta enorme ventaja, se les conozca como Mats, apócope de Matusalens. Precisamente la religión, algo crucial en muchas otras historias distópicas clásicas, se trata muy de soslayo, teniendo en cuenta la importancia de la dicotomía cuerpo-alma (o funda-pila) tan presente en esta esta historia.

Desconozco si la novela explota el enorme potencial de este planteamiento, pero lamentablemente la serie se queda a medio camino. Sin ir más lejos, la trama detectivesca, que se antojaba como la principal, no tiene la fuerza suficiente. A grandes rasgos y sin pretensión de crear spoilers, esta trama principal nos cuenta la historia de Takeshi Kovacs (interpretado por el neo Robocop Joel Kinnaman), un ex-revolucionario que es resucitado por el muchimillonario Laurens Bancroft (el perenne Marco Antonio James Purefoy) para investigar una presunta conspiración que desemboca en su propia muerte. O la muerte de su funda número x. Muchos estímulos iniciales que se van desmigajando por culpa de una dispersión producto de querer mezclar (que no sumar) demasiadas cosas.

Otro de los lastres de esta serie es el poco carisma de los personajes. No llegas a empatizar con ninguno al nivel mínimo requerido, ni con los protagonistas ni con los antagonistas. El elenco, salvo los dos mencionados, apenas son conocidos, pero aunque la mayoría están muy correctos hay un evidente problema de miscasting. Una historia sin personajes pierde mucho como historia. Ésta los tiene, pero son demasiado planos. Quizá la presencia de actores más reconocidos hubiera ayudado a la inmersión del espectador, pero posiblemente su contratación hubiera ido en detrimento de la excelente exposición artística de la serie. La irregularidad de la trama se compensa, en parte, con una puesta en escena espectacular, que nos impresiona a pesar de que nuestros ojos, con tanto bladerunners y ghostintheshells, ya empiezan a estar acostumbrados a las luces de neón. La factura es impecable, y demuestra la dimensión presupuestaria que están alcanzando las series hoy en día.

Altered Carbon es una idea que debe ser explotada un poco más. En esta primera temporada se esfuerzan en explicar demasiadas cosas, cuando lo que deberían haber hecho es ahondar en la premisa inicial. Están a tiempo de corregirlo pero mucho debe mejorar la segunda temporada, si llega a producirse, para que se convierta en una serie de culto de las que tanta necesidad tenemos.

sábado, 10 de febrero de 2018

La gracia del chiste


Hace muchos años, cerca del 2077 d.C., existía la profesión de payaso, el vestigio de un antiguo oficio que consistía en hacer reír a un público inconsciente pero abiertamente predispuesto a ello. Desde los albores de la civilización, en toda sociedad siempre había habido alguien, profesional, amateur o esclavo, dedicado a esa tarea, que la convertía en una necesidad imperiosa para la evolución cultural.

En 2077 aún quedaban reductos de esa profesión. Los primeros videolibros recogen algunos aspectos de la vida de Pocho, uno de los últimos payasos que se recuerdan y cuya biografía supone el mejor ejemplo de las causas de la extinción de estos humoristas y del sentido de humor como se conocía entonces.

Pocho era un payaso de la llamada Escuela Clásica, de los que escribían sus notas con bolígrafo verde y bebían a morro del botijo. Su vida personal era una auténtica tragedia, pero eso no impedía que siempre intentara optimizar su ingenio en su labor de hacer un poco más felices a los demás. Pero en esta empresa tenía un serio problema; su ingenio era tan elevado que el sentido de humor derivado de él era inaccesible para la mayoría de receptores de sus gracias. Analizados con los filtros adecuados, sus chistes tenían objetivamente mucha gracia, pero el abuso del doble sentido, unido a su neutra reputación y su escasa conexión con el público le privaban de aportar los matices necesarios para que su obra pudiera ser disfrutada en su plenitud.

La consecuencia más cruel de la desesperante improductividad de su desempeño fue verse obligado a explicar sus chistes, aportando a regañadientes el susodicho filtro, la interpretación relativamente retorcida que incluso suponía un valor añadido al ingenio de sus chanzas. Naturalmente, el hecho de desvelar a posteriori el doble sentido o el juego de palabras constituyentes de la broma desvirtuaba por completo su trabajo. Cumplía con su contrato, pero no al nivel de excelencia que su talento prometía.

Para evitar ese tipo de humillaciones comenzó a rebajar el nivel intelectual de sus chistes. Éstos se volvieron más simples, más directos, con referencias indisimuladas a la escatología o a la burla de personajes famosos. Y así mejoró su reputación, en cierto sentido. Pero Pocho, en su labor de procurar la felicidad a los demás, con este cambio de rumbo era menos feliz. Le daba la sensación de que lo que estaba haciendo podía hacerlo cualquiera. Y efectivamente luego resultó que así era.

En una sociedad con una comunicación prácticamente neuronal, bromas de otros autores parecidas a las que Pocho inventaba a desgana circulaban entre los cibercerebros de todo el mundo. Chistes fáciles y chabacanos, en el subsótano del nivel de los de Pocho, eran cada día, cada minuto, la sensación del momento. Y triunfaban, la gente los adoptaba con júbilo, lo que generaba pingües beneficios a sus poco talentosos autores.

Probablemente la sociedad era más feliz con este nuevo sentido de humor pero los payasos de la Escuela Clásica, como Pocho, habían perdido su función en esa estructura social; sin la motivación de proveer risas ajenas, su vida carecía de sentido. Tras muchos años de descorazonador camuflaje entre advenedizos del chiste fácil, Pocho optó por retirarse. En su nota de suicidio dejó un mensaje envuelto en un sarcasmo tal que, a día de hoy, 717 años más tarde, nadie ha conseguido descifrar.

Un chiste que ¿afortunadamente? nadie jamás podrá explicar.


lunes, 29 de enero de 2018

La cuarta de Black Mirror


Si por casualidad en tu entorno social se detecta que eres aficionado a las series, pasa muy poco tiempo hasta que alguien te pide que le recomiendes una. Semejante reto tenía una resolución excesivamente fácil hace apenas 10 años, cuando bastaba con mencionar Los Soprano o Breaking Bad para que tu reputación de gurú seriéfilo incluso se reforzara. En 2018 la situación ha cambiado radicalmente; la inabarcabilidad de la oferta de series actual sólo provoca mermas en la puntería de las recomendaciones. Y lo que es peor; la buena fe con la que propones un producto audiovisual que conoces y que consideras que el receptor del consejo va a disfrutar no se ve correspondida con la mínima obediencia propia del consumidor ocasional de series que ha solicitado dicha recomendación.

Últimamente a los consumidores rándom de series les suelo recomendar, con todo lujo de advertencias, Black Mirror. Porque la oferta, como he dicho antes, es tan variada y, en muchos casos, conozco tan poco el grado de frikismo del solicitante, que opto por sugerir una con un registro medio-alto, no asequible para todos los públicos, con el fin de establecer un filtro para futuras sugerencias. Y, sobre todo, la recomiendo porque me gusta mucho.

Los resultados de recomendar Black Mirror han sido por regla general poco satisfactorios. Quiero creer que mi fracaso se debe al impacto del capítulo inicial, el famoso del cerdo, y no a una presunta debilidad de mi criterio. Me gusta, y eso que el formato no es el que me puede resultar más atractivo a priori. Para mí, el formato ideal de una serie tiene que estar estructurado en base a una trama principal que se repita en todos los capítulos y lo suficientemente fuerte como para que las tramas paralelas y secundarias supongan un mero ornamento. Las películas compuestas por segmentos, tipo Creepshow o Cuentos Asombrosos no son mi ideal de experiencia cinematográfica, aunque al final reconozco que me acaban gustando. Como los relatos breves de ciencia-ficción. Prefiero las novelas, a priori de nuevo, pero luego disfruto muchísimo (más) con los cuentos de Asimov o Dick. A mi edad tal vez es probable que deba reajustar ciertos parámetros en mis apriorismos...

Como fanático de la ciencia-ficción, siempre me he sentido frustrado por no haber coincidido temporal y geográficamente con las emisiones de series como The Twilight Zone, The Outer Limits o Doctor Who. Cierto, con los medios actuales podría poner solución fácilmente a ello, pero casualmente mis clones están ocupados en otros menesteres.




A falta de The Twilight Zone, bueno es Black Mirror. Y aunque la ciencia-ficción de mediados del siglo XX me entusiasma, una actualización a los tiempos actuales puede resultar un ejercicio apasionante. Y eso es lo que propone esta excelente serie británica. Británica al 100% en sus inicios, cuando la albergaba Channel 4. Ahora lo es sólo en parte; tras la adopción/rescate de la plataforma estadounidense Netflix, gran parte del reparto y las localizaciones siguen siendo de nuestra querida Pérfida Albión, pero los contenidos y el mensaje, sobre todo de la cuarta temporada, denotan una clara influencia yanki.

De entrada, las tres primeras temporadas de Black Mirror me parecieron excelentes. De lo mejor que nos ha podido ofrecer la televisión moderna en los últimos años. Incluso con el cambio de idiosincrasia al pasar a Netflix, la calidad del producto pudo ser diferente pero en ningún caso peor. Luego no era de extrañar que los fans de las series en general y en concreto de esa sci-fi, no de navecitas ni marcianitos, sino de esos futuros distópicos pseudoapocalípticos, tuviéramos marcada la fecha de finales de diciembre de 2017 en nuestra agenda. Cuando llegó la fecha, nos sentamos delante de ese espejo negro con ganas, con expectación. Y con una lupa escrutadora.

Porque la temporada 4 de Black Mirror es fantástica, como las anteriores. Buscamos una idea, un concepto, un mensaje y nos lo da, sin concesiones, sin derecho a reclamar. Ideas diferentes a aquellas que nos ofrecía Rod Serling, más basadas en la evolución más o menos verosímil de esa tecnología a veces desconcertante que disfrutamos actualmente. Pero son 4 temporadas y ya no es lo mismo. Se han mostrado demasiadas cartas de un producto que se basa en gran parte en la sorpresa y en la escasa concesión a la anticipación. Si no se han visto las temporadas anteriores -algo semánticamente posible-, si nos desproveemos de ese inevitable contexto, los sentimientos hacia cualquier capítulo de ésta se magnifican; el grado de satisfacción puede ser equiparable al de cualquiera de una temporada anterior. Pero tras más de una docena de capítulos llegamos a un punto en que se resiente nuestra capacidad de sorpresa y de desvincularnos del sentimiento de haberlo visto antes. Ciertos elementos altamente atractivos y factores indudables del éxito de la serie se mantienen, pero tras tres temporadas la alerta del espectador está demasiado arriba como para provocar la euforia que sentía cuando le embargaba la inexperiencia y la candidez. Porque innovar es la tarea más complicada en el mar de tiburones del planeta Series en el que navegamos.

Aparte de la irremediable omisión de la frescura de este tipo de producto, se acusa también cierto desgaste en otro aspecto en el que destacaba; la crítica a la sociedad en la que vivimos, hipnotizada por las nuevas tecnologías, ha perdido mordacidad. O bien la metáfora está definida de una manera demasiado lejana como para sentirnos identificados, o bien la alusión a esas tecnologías que nos están reblandeciendo el cerebro es simplemente accesoria. La invitación a la reflexión que nos ofrecían las temporadas anteriores se ha difuminado sensiblemente.

Por capítulos, no hay ninguno malo, pero tampoco ninguno excelente. Quizá mi favorito sea el primero, USS Callister, por su fantástica producción y por su tramposa evocación al sentimiento friki. La historia también es divertida aunque, de nuevo, resulta ligeramente familiar. El segundo, Arkangel, quizá sea el que, a pesar de su planteamiento -y sobre todo, desarrollo- algo extremo, más invite al debate. Crocodile nos da buenos momentos de tensión y algún giro inesperado y Hang the DJ plantea un futuro distópico muy curioso. Lástima del desenlace. En cambio, Metalhead puede ser el más flojo en su conjunto, pero su desenlace nos deja ¿buen? sabor de boca. Por último, Black Museum es el más completo y tal vez el que nos exponga los avances tecnológicos más atractivos, aunque para mi gusto le sobra un giro argumental, ó dos.

Por supuesto, si en el futuro siguen grabando y emitiendo capítulos y temporadas, contribuiré humildemente a mejorar su audiencia. Con el escaso tiempo de que disponemos y la feroz competencia seriéfila, su rápido consumo, por la agilidad de las tramas y el relativamente bajo número de capítulos, hace que no suponga mucho esfuerzo dedicarle parte de nuestra atención. Y por supuesto que la voy a seguir recomendando. Aunque nadie me haga caso.


viernes, 13 de octubre de 2017

Atún



sábado, 9 de septiembre de 2017

Camaleón



martes, 29 de agosto de 2017

A la séptima va la vencida


Considero éste un buen momento -un día después de visionar el último capítulo de la penúltima temporada- para actualizar mis impresiones sobre la serie de la HBO Juego de Tronos. Son ya siete años, que se nos hubieran pasado sin apenas darnos cuenta si no fuera por la evidente e inevitable transición de la infancia a la edad adulta de alguno de sus actores/actrices. Y eso, supongo, no es mala señal.

Porque, sin ser la mejor serie de la Historia, las elipsis entre temporadas se hacen demasiado largas. Por diversas circunstancias que no vienen al caso, es la única serie de la actualidad que no veo del tirón. Mi cultura seriéfila se ha consolidado gracias a la posibilidad de poder ver un capítulo y, si me apetece, el siguiente a continuación, a través de inicialmente copias de seguridad y, en la actualidad, mediante plataformas de televisión de pago como Netflix o la misma HBO. Incluso en aquellos casos de emisión y/o publicación semanal, rara es la vez que veo una serie cuya última temporada pendiente a la que tengo acceso no está completa. Esa rara vez sucede con Juego de Tronos.

Como he dicho, no es la serie perfecta. A lo largo de las seis primeras temporadas se suceden capítulos con momentos épicos, de los que te dejan boquiabierto, con otros de mayor tedio. Y en parte tiene su lógica, ya que abarcar todo lo que se pretende abarcar tiene su coste en términos de necesidad de aclarar conceptos, explicar tramas, dar respiro a personajes y espectadores, etc. El principal defecto es que la historia se desarrolla en un escenario demasiado grandilocuente y, o bien estás extremadamente atento, o tienes el apoyo de los libros en los que, al menos en los comienzos, se basa el guión, o tienes el tiempo disponible para repetir el visionado de capítulos y captar detalles rebeldes pero cruciales, o bien sacrificas la asunción de esos detalles, de esas piezas del rompecabezas, en pos de avanzar en la trama principal. Mi caso es éste último.

Todo esto se ha revertido hasta cierto punto en esta última temporada. Ha habido muy buenas en general, pero no recuerdo ninguna que me dejara un nivel de satisfacción tan alto a nivel global como esta séptima. Posiblemente el motivo sea tan simple como, valga la redundancia, la simplificación. Se ha reducido notablemente el número de personajes, unos por haber recibido la visita de la Parca y otros abandonados en el ostracismo del desinterés. El hecho de concentrar la atención precisamente en los que nos resultan más conocidos -de los cuales incluso somos capaces de recordar el nombre- ayuda a seguir la trama, también mucho más desenredada. He podido leer críticas negativas a esta sutil metamorfosis, que puedo entender pero no compartir. Porque prefiero la diversión que me ofrece un producto directo, de magnífica factura, con escenas brillantes y momentos de impacto, al agobio de naufragar entre topónimos que me cuesta distinguir, unido a la sensación de estar infraconsumiendo un relato interesantísimo por el hecho de no haber leído los libros.

Tampoco hay que olvidar que esta diligencia en la sucesión de acontecimientos se debe a que la serie prácticamente termina ya. Han sido muchos años -fuera y dentro de la pantalla- de preparación para un conflicto entre partes diversas, humanas la mayoría, pero también no humanas y pseudohumanas, y, sinceramente, ya tenía ganas de su resolución. No porque no esté disfrutando de la serie y quiera que termine, sino porque, como se ha demostrado en otros casos, alargar el número de temporadas en exceso, dando vueltas sobre dragones, resulta tremendamente perjudicial para cualquier historia y más para una de este calibre.

El Dios Lagarto


lunes, 21 de agosto de 2017

La Era del Diamante


Para comentar La Era del Diamante, voy a hacer justo lo opuesto que su autor, Neal Stephenson. Es decir, voy a ser breve y conciso. Porque, sin ser una novela extremadamente larga, es una de ésas en las que da la sensación de que la historia narrada hubiera sido expuesta de forma más atractiva con una tercera parte de su longitud. Dicha historia no es en absoluto mediocre o aburrida, sin embargo acaba difuminada en un universo de detalles que conforman un distópico mundo irreal pero pacientemente verosímil. Y para los lectores minuciosos e inconstantes como un servidor, la sobrecarga de detalles es un lastre demasiado pesado como para poder disfrutar del viaje de su lectura. Nos encontramos en un momento de nuestras vidas en que cada minuto dedicado al ocio tiene muchísimo valor, lo que nos conduce a buscar un entretenimiento dinámico por encima del (farragoso) aprendizaje de culturas cuya existencia se sitúa en un universo paralelo de difícil acceso desde donde nos encontramos.

Esta saturación es lo que nos proporciona el género steampunk mezclando nanotecnología con estética victoriana, y además en China. Está descrito todo con generosidad, como si de un documental de naturaleza se tratara. Cuando leemos una novela de ciencia-ficción, somos conscientes de que los primeros capítulos contendrán descripciones del entorno creado por el autor, para situar a un lector obviamente ignorante. Y las atendemos con una disciplina disfrazada de interés. En cambio, en La Era del Diamante estas descripciones se mantienen casi hasta el final, cuando lo que queremos es que nos expliquen cómo se deshace el nudo de la trama, de manera clara, directa y, si no es pedir mucho, sorprendente.

La narración evoluciona, casi sin darnos cuenta. Lo que empieza siendo una ¿pequeña? estafa empresarial acaba en... algo más grande. Nos encontramos con personajes que aparecen y desaparecen, que tienen más relevancia de la que prometen y viceversa, con episodios espurios y relatos paralelos con un potencial que no acaba de explotar. Muchos de estos elementos serían los adecuados para una trilogía o una saga, de las que están tanto de moda hoy en día, pero que en una novela se quedan en una simple promesa. En cualquier caso, no queremos dar ideas al señor Stephenson, que deje este cuentecito del Manual Ilustrado tal y como está.

Es una gran novela, de ahí los prestigiosos premios que ha recibido. El estilo es excelente, la construcción de las frases prodigiosa (no mermada ni un ápice en la versión traducida al castellano que he leído). No obstante, los gustos y las circunstancias del lector deben ser tenidas en cuenta; si buscamos una aventura relativamente compleja, con sorpresas, giros argumentales, multitud de personajes, cierto sarcasmo y que además nos enganche, debemos esperar a que editen una versión resumida.

viernes, 28 de abril de 2017

Las consecuencias de alimentar a parásitos insaciables


Dos años después de jubilarse, había encontrado un nuevo y adictivo pasatiempo; nuevo para él, pues hasta aquel momento nunca se le había pasado por la cabeza dedicar un instante a semejante actividad, pero en absoluto para la sociedad, ni siquiera para su extremadamente tranquilo vecindario. Y adictivo, porque podía pasar horas enteras practicándolo sin apenas darse cuenta del transcurso de las mismas. Se acostaba por las noches deseando que llegara la mañana del día siguiente para proseguir; había llegado a un punto en que arrojar migas de pan a las palomas del parque constituía la única razón de su existencia.

De joven le costaba entender el ocio de aquellos viejos con tiempo libre infinito, consistente en alimentar a unos parásitos que lo único que hacían era defecar, procrear y picotear cualquier partícula pseudocomestible que rondara por el asfalto. Sin embargo, una tarde que estaba aburrido como una ostra viuda encontró en el suelo, junto a una papelera del parque, un pequeño bizcocho levemente mordisqueado y observado por una paloma de aspecto famélico. Casi por inercia, como el "señor" que les devuelve la pelota extraviada a los niños que juegan en el patio del colegio, agarró el bizcocho, pellizcó unas migajas y se las lanzó a la paloma. La satisfacción inicial por aquella acción no fue muy alta, pero sí lo suficiente como para que le entraran ganas de repetirla. Contra todo pronóstico aquello le resultaba divertido.

Semanas más tarde se convirtió en cliente preferencial de la panadería. Y todo el pan que compraba lo dedicaba a alimentar a sus flamantes amistades. Tal era la obsesión por su nuevo hobby que prácticamente se olvidaba él mismo de comer. Acudía al parque con tres kilos de pan -y algún croissant que otro para su clientela más golosa- dispuesto a repartirlo entre la población columbina del lugar. Su preocupación por que cada una de las aves que habitaban el recinto recibiera idéntica ración rozaba el paroxismo. A pesar de ser legión y casi idénticas, comenzaba a reconocerlas e incluso se atrevió a ponerles nombre a muchas de ellas. Las llamaba, las adulaba, les dedicaba tiernas palabras, pero las palomas iban a lo suyo, a comer las migas de aquel pan recién hecho y a decorar las distintas superfícies del parque y de toda la ciudad con sus gentiles excrementos. Él se había acostumbrado a su compañía y ellas, más por el interés de su aparato digestivo que por otra cosa, a la de él.

A veces la voracidad de las mimadas palomas le jugaba una mala pasada y recibía picotazos en las manos antes de que le diera tiempo de separar los proyectiles en forma de miga de pan. Lejos de molestarle, le impulsaba a realizar su labor con mayor diligencia, pensando erróneamente que el hambre de sus presuntas amigas cada vez era mayor. En una ocasión llegaron a arrancarle por completo la uña del dedo índice; el inmenso dolor fue rápidamente sustituido por el asombro -y el pavor- al contemplar la vehemencia con la que bebían del minúsculo charco de sangre producto de su reciente y pequeña mutilación.

No obstante, este insólito comportamiento no le desmotivó. Sentía que las palomas lo necesitaban -y era cierto-, pero realmente era él quien las necesitaba a ellas. No le importaban los picotazos cada vez más frecuentes con los que le recompensaban por su prolongado altruismo. Al contrario, se esforzaba por cuidarlas más, convencido de que la hostilidad se debía a que no las estaba alimentando convenientemente. Mientras, ellas ya no se conformaban con las manos; los brazos, el cuello y la cara se convirtieron también en objetivos. Un día en que no pudo comprar croissants y tuvo que sustituirlos por magdalenas, las palomas más golosas se aliaron y se concentraron en arrancarle la carne del antebrazo izquierdo, dejándole parte del radio al descubierto. No fue un ataque gratuito; realmente querían probar aquella carne humana y reseca.

Con tan opípara alimentación durante tanto tiempo, las palomas eran cada vez más grandes y fuertes, detalle que él obviaba pues sólo se fijaba en la agresividad que mostraban, sin duda motivada por un hambre atroz. Pudo ver con su ojo derecho cómo le arracaban el ojo izquierdo y lo devoraban entre tres en apenas dos segundos. La ropa tampoco suponía ningún tipo de protección, pues cada noche volvía a su casa con ella hecha jirones, así que el abdomen, las piernas y los genitales también se convirtieron en víctimas de aquellos picos implacables. Cada vez había menos carne en aquel cuerpo, entre la escasa alimentación y los bistecs que le seccionaban los colúmbidos. Cuando le arrancaron la nariz de cuajo comenzó a darse cuenta por fin de que no era el pan calentito que les traía puntualmente cada mañana lo que degustaban con mayor placer. Ni siquiera los croissants. Pero era demasiado tarde y no pudo escapar, principalmente porque ya no le quedaban dedos en los pies. Perdió el equilibrio y cayó al suelo, quedando a merced de una bandada de aves caníbales que por mucho pan y víscera humana que hubieran comido, seguían insaciables y agradecieron la generosidad de su benefactor dejándole literalmente en los huesos.


sábado, 8 de abril de 2017

Monster


sábado, 18 de marzo de 2017

Soy Leyenda


No resulta muy osado afirmar que Richard Matheson plasmó en Soy Leyenda el génesis de vampiro moderno, de la misma manera que Bram Stoker creó el vampiro clásico a través de su Drácula. Desde su publicación en 1954, se ha utilizado este híbrido entre vampiro y zombi en numerosas ocasiones, especialmente en el cine. Son muertos que han vuelto a la vida a los que también les repele el ajo y las cruces (a algunos), pero que atacan en manada y están desprovistos de la elegancia victoriana del alter ego de Vlad el Empalador. Por si no fuera suficiente, esta novela -no demasiado extensa, lo que incrementa el mérito- también nos muestra otro tipo de criatura, no estrictamente vampírica pues sigue viva, infectada por una bacteria que le ha robado la humanidad (en minúscula) y le ha dotado de fuerzas y debilidades similares a las de los vampiros. Por esta razón resulta difícil distinguir unos de otros.

Y hay un tercer humanoide en esta historia. Humano y único. Robert Neville, nuestro héroe. Un hombre anclado en una rutina estricta y forzada por la necesidad de supervivencia, al que la única compañía es la soledad y los trágicos recuerdos de un pasado junto a su familia. Ah, y los vampiros que por la noche asedian con golpes, gritos y provocaciones el búnker en el que ha convertido su antiguo hogar. A pesar de los terribles peligros del exterior, la sensación de protección de Neville en el interior de su casa es suficiente para que ningún monstruo le resulte una amenaza, y necesaria, junto a la música provista por un viejo tocadiscos y unos cuadros mostrando paisajes anhelados, para mantener la cordura.

Porque durante la mayor parte de la novela, los vampiros suponen sólo el contexto de una historia que transcurre principalmente en la mente de Neville. La soledad extrema en la que vive durante el día le invita a pensar mucho y a recordar tanto que el alcohol que ingiere no es suficiente para aplacar pensamientos tan dolorosos como la pérdida de su hija y su esposa. La novela se estructura a partir de las diferentes fases por las que atraviesa el protagonista: soledad y apatía, desesperación y alcohol, añoranza, esperanza, lucha... y rendición.

Durante demasiados años, Neville divide su rutina diaria en dos tareas principales: por un lado, la más importante, reforzar el búnker de su casa, sustituyendo los espejos que las criaturas han roto durante el asedio nocturno y reemplazando ristras de ajos, entre otros trabajos de mantenimiento; y por otro lado, intentar la reconquista de su territorio liquidando vampiros mientras éstos están durmiendo. Ninguna de las dos tareas cambiará a corto plazo su situación, pero al menos aumentará la probabilidad de "disfrutar" de un día más de existencia.

Lógicamente, en este contexto el estado de ánimo de Neville se convierte en una auténtica montaña rusa. Y tras unos días de desesperación y de estar a punto de arrojar la toalla, su voluntad resucita y empieza a plantearse ciertas cuestiones con una inusitada racionalidad. El hecho de que los vampiros huyan del ajo, de los espejos, de los crucifijos... debe tener una explicación científica. Y, con su escaso bagaje académico, comienza a leer, a aprender, a investigar. Y se da cuenta de que algunos mitos, como el del ajo, se explican gracias a un análisis de la bacteria que ha provocado semejante cataclismo. y otros, como la aversión a los crucifijos, simplemente derivan de un componente subjetivo y de fanatismo religioso. Las conclusiones a las que llega tras su encomiable esfuerzo indagador resultan ciertamente estériles.

La soledad perenne que lo envuelve, aderezada por estos infructuosos resultados en la búsqueda de una solución pragmática a su problema y al de la Humanidad (en mayúscula), le conduce de nuevo a una depresión que parece definitiva. Sin embargo, de repente, surge un pequeño estímulo que lo mantiene a flote; un perro temeroso, esquivo, enigmático, se convierte en su nuevo centro de atención y, en definitiva, en una razón para seguir luchando. Tras observar su conducta y tratar de ganar su confianza durante muchos días, Neville consigue acceder al animal. Pero éste resulta estar contagiado, como no podía ser de otra manera dada su larga exposición al corrupto mundo exterior, y finalmente muere en uno de los episodios más desgarradores de la novela.

Días más tarde, en esta racha de encontrar otros seres vivos diurnos, Neville encuentra lo que cree ser una mujer. La persigue, con la mezcla de esperanza y desesperación que le ha acompañado durante los últimos años, y cuando consigue alcanzarla y convencerla, la sospecha preside su relación hacia ella. Efectivamente, ella está infectada, es una de esos neovampiros que lo acosan por las noches pero evolucionada, más cuerda y civilizada que aquellos seres. Pertenece a una nueva especie pseudohumana, no necesariamente ni genéticamente superior a la humana a la que aún pertenece Neville, pero sí demográficamente más numerosa. Gracias a eso se han adueñado del planeta y son conscientes de que nuestro protagonista es probablemente el último vestigio de una raza que dominó la Tierra durante siglos.

Por eso deben eliminarlo de manera inevitable. Algo que Neville asume con frialdad y resignación. Porque podrá descansar y poner fin a la tortura en la que se convirtió su vida desde que enterró con sus propias manos a su mujer. Y porque pasará a la historia como el último de su especie, de una especie biológicamente débil pero insólitamente prodigiosa. Porque será leyenda.